Michel Sauval - Psicoanalista Jacques Lacan, Seminario "Lógica del fantasma", Lectura y comentarios de Michel Sauval

Sesión del 12 de abril de 1967
"No hay acto sexual"

Notas de lectura y comentarios
La ubicación de las citas es indicada con paginación de la edición Paidós

Estructura

1 -Galileismo extendido

A partir de las formulaciones hechas en la sesión del 1 de marzo (titulada “De la estructura de la satisfacción sexual…”), alguien hizo el chiste de que la próxima vez que fuera a tener relaciones sexuales "no debería olvidar su regla de cálculo" . A lo que Lacan responde que aunque convendría que si la olvide cuando vaya a la cama, “un psicoanalista no podría olvidar que evidentemente puede ser exigible algún recurso a la regla de cálculo” en la medida en que le interesa otro acto, “el acto psicoanalítico” (195).

Esta cuestión del “cálculo” convoca la relación del psicoanálisis con la “ciencia”. El cliché habitual es que el psicoanálisis no sería una “ciencia”, al tiempo que no es sin relación con la “ciencia”, puesto que aquello “sobre lo que operamos” es el sujeto de la ciencia (1). La “oposición” que se suele plantear entre la ciencia y el psicoanálisis deriva de la clásica oposición entre, por un lado la "ciencia de la naturaleza", la que deriva del planteo de Galileo de que el libro de la naturaleza está escrito “en lengua matemática(2), y cuyo paradigma sería la física, y por otro lado las llamadas “ciencias” humanas o sociales, donde el término “ciencia” figuraría en un sentido metafórico, ideal, sino pretencioso. Es ilustrativa, al respecto, la forma en que Jaspers, siguiendo a Dilthey plantea esta “división”, oponiendo “explicación” y “comprensión”, en función de la ubicación del registro de la causa, que queda exclusivamente del lado del campo de la “explicación”, y excluida del campo del sentido. Esa referencia a la “causa” separa la etiología somática del campo de la psicopatología, que quedaría en el campo de las “ciencias del espíritu” (3). Podríamos decir que esa “división” de las ciencias es tributaria de una suposición empirista, o materialista, del “objeto” de la ciencia, es decir, la suposición de que solo habría ciencia de lo sólido, de lo material, la suposición de que lo que importaría de la afirmación de Galileo es la referencia al “universo” como objeto antes que la proposición “en lengua matemática”. Pero si bien la ciencia requiere la matematización del objeto, pero no requiere que el objeto sea de esencia matemática.

Otra perspectiva se plantea desde la asignación de esa misma “lengua matemática” para dar cuenta de las leyes y coacciones a las que estamos sometidos, tanto en el campo supuestamente “solido” de la “naturaleza” como en el supuestamente “abstracto” de las relaciones sociales y humanas. Tal el caso del lenguaje, a cuyas leyes fonológicas y sintácticas estamos tan atados como podría ser a la ley de aceleración que Galileo supuestamente experimentó desde la torre de Pisa, o la ley de gravedad de Newton, etc. En esta perspectiva, no es tanto el “objeto” de una disciplina lo que define el carácter de “ciencia” sino la formalización de su tratamiento, la escritura en lengua matemática..
Es en esa relación con la lógica que Lacan ubica al psicoanálisis, desde el comienzo, al desarrollar el determinismo en juego con sus símbolos α, β, γ, δ del “seminario sobre la carta robada”. Esa “estructura” la encontramos también en la experiencia analítica, de modo tal que muchos de sus planteos no dejan de apuntar a resultados tales que el “orden de las ciencias debe acomodarse a aquellas” (213).

El planteo de una “lógica del fantasma” ha sido, desde el comienzo, el de una lógica más “principial”, es decir, la precisión de la relación de la lógica matemática con el psicoanálisis, justamente no en términos de contradictorios. En la entrevista con Pierre Daix, en diciembre de 1967, al tiempo de las articulaciones del Cogito cartesiano con el grupo de Klein, Lacan afirmaba que “hay una lógica en la obra de Freud, que yo expreso, por medio de letras y símbolos, con un rigor comparable a las expresiones de la nueva lógica matemática con Bourbaki" (4).

Son estas cuestiones las que Lacan retoma en esta sesión con la geometría, no sin pasar por ese particular adagio, “non licet ómnibus adire Corinthum”, que no solo remitiría a los “enormes” honorarios que exigían las prostitutas sagradas del templo de Afrodita (la diosa del amor), sino a que ellas “iniciaban en algo”, implicación que no se resolvía con “pagar el precio” (213). De ahí la extensión del sentido de ese adagio a que “no está abierto a todos devenir psicoanalista” (213), del mismo modo que las palabras "aquí no entra nadie que no sepa geometría" (Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω), inscritas en la puerta de la academia fundada por Platón en el siglo IV A.C, donde se reunían filósofos, pensadores y maestros a discutir sobre matemáticas, filosofía, lógica y política entre otros temas, anticipaba la “introducción en un cierto modo de pensamiento” determinado principalmente por las “categorías”.

A ese modo de pensamiento remite la expresión “more geométrico”, que significa “a la manera de los geómetras”, “al modo geométrico”, o siguiendo el “orden de los geómetras” (“ordine geométrico”).
Para los racionalistas, que consideraban el “método deductivo” como ideal, la axiomatización euclidiana de la geometría se les aparecía como el modelo más perfecto de toda demostración a partir de definiciones. De esta manera, algunos filósofos racionalistas del siglo XVII, entre ellos Descartes y Spinoza (5)., presentan sus argumentaciones “al modo geométrico”.

La metamatemática radicalizó aún más el estatuto de lo “demostrable”. La geometría que, inicialmente, constituía el cuerpo de conocimientos prácticos en relación con las longitudes, áreas y volúmenes, se alejó de las intuiciones que la fundan, buscando no ser más que una forma específica de demostración, una rama de las matemáticas. Para poder ir más allá de lo alcanzado por la intuición se fundó en sistemas axiomáticos, siendo el primero y más famoso, el de Euclides, y el más completo el de Hilbert. La axiomatización implica que las definiciones solo pretenden describir propiedades de objetos (y sus relaciones) que se convierten en entes abstractos e ideales (en otros términos, palabras como "punto", "recta" o "plano" pierden significado “material”).

En ese mismo sentido, es inútil, para cualquier ciencia, buscar ordenarse en alguna referencia a lo medible. Todo patrón de medida conlleva “la impronta de un espejismo imposible de disipar” (214), como los engaños del narcisismo ya rebatidos en el estadio del espejo. Un “patrón de medida” es una representación física de una unidad de medición como, por ejemplo, la copia exacta, hecha en 1884, del kilogramo prototipo internacional registrada en la “Oficina Internacional de Pesas y Medidas”, en Sèvres (Francia), que como todo objeto, con el tiempo sufrió cierta transformación, perdiendo el peso de un gramo de arena, abriendo con ello una discusión acerca de su valor como referencia, en tanto es una definición que depende de las “cualidades” de un objeto. Contrariamente, la noción de la aceleración que resuelve Galileo no consiste en repetir la supuesta tirada de objetos desde la torre de Pisa, sino que está escrita “en lengua matemática”, es una fórmula matemática.

El privilegio de la geometría es que ofrecía la "pureza de la noción de magnitud" (214). Pero no es solo que el patrón de medida sea inoperante en la idealización de una noción de valor, sino que la noción misma de unidad cojea mientras no se haya realizado “el tipo de igualdad” donde se instituye su elemento, es decir, "la heterogeneidad que allí se oculta" (214). Hay una ilusión del cálculo de la “unidad” en relaciones homogéneas y conmensurables, cómo vimos, en ocasión de la primera sesión del seminario, respecto de la noción de Perelman de la metáfora como una “analogía” condensada, o respecto de la discusión con Laplanche, recordando que los cuatro términos de la metáfora no deben hacernos olvidar que "su heterogeneidad pasa por una línea divisoria - tres contra uno - y se distingue por ser la del significante al significado" (6). El chiste sobre la necesidad de ir a la relación sexual con una regla de cálculo remite, tanto a las operaciones cálculo que Lacan viene explicando en estas sesiones, como a la ilusión de que ese cálculo pudiera dar exacto (como lo supone cualquier calculadora).

Lo que el "estructuralismo" sostuvo en su doctrina y demostró en eu práctica es que sectores enteros de lo que no forma parte de la naturaleza o de lo físico, podían ser objeto de una ciencia en el sentido galileano del término, al modo de un "galileanismo extendido", según la formulación de Milner (7). Si la estructura es la formalización matemática, entonces puede permitir traslados, de una disciplina a otra, más allá del supuesto "objeto" de cada una de estas. Habría estructura compartible entre la linguistica estructural de Saussure, la antropología estructural de Lévi-Strauss, la fonología de Jakobson, y, como veremos a continuación, la teoría marxista de la mercancía y el valor. El psicoanálisis no es una teoría linguistica del signo ni una teoría de fonemas, pero hay puentes entre la estructura de esa linguistica y fonología estructural y la teoría del significante. Y de modo análogo (podríamos decir "homólogo") Lacan también podrá hacer uso de la teoría marxista del valor.

2 - Ecuación de valor

Entre las consideraciones respecto de esta “heterogeneidad”, Lacan recurre a la “ecuación de valor” de "El Capital" de Marx y su relación inversa del precio respecto de la cantidad obtenida de mercancía. Lo que esta ecuación retiene en ella es la diferencia de naturaleza de valores así conjugados y la necesidad de esa diferencia. En efecto, no son dos valores de uso o dos valores de cambio. En la ecuación de los valores, uno interviene como valor de uso y el otro como valor de cambio, y una trampa similar se reproduce cuando se trata del valor del trabajo.

Lo primero que Marx distingue, para la conceptualización de la mercancía, son sus factores, el valor de uso y el valor o sustancia y magnitud del valor, en juego en el intercambio de estas. Lo que constituye el valor de uso es "la materialidad de la mercancía misma", un valor que "toma cuerpo en el uso o consumo de los objetos". El valor de uso está ligado a las particularidades, las cualidades de los objetos. Pero en el intercambio de las mercancías se pone en juego "una relación cuantitativa", la "proporción" en que se cambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra (8)., lo que plantea la necesidad de reducir los valores de cambio de las mercancías a "un algo común respecto al cual representan un más o un menos".

El valor de cambio es independiente de las cualidades del objeto. Si prescindimos del valor de uso de las mercancías estas solo conservan una cualidad: la de ser productos del trabajo. Pero no productos de un trabajo real y concreto ya que "al prescindir de su valor de uso también prescindimos de los elementos materiales y de las formas que los convierten en tal valor de uso" (9). Con el carácter "útil" de los productos del trabajo desaparece el carácter "útil" de los trabajos y las formas concretas de esos trabajos. ¿Cuál es el residuo de los productos así considerados? "Un simple coágulo de trabajo humano indistinto, es decir, el empleo de fuerza humana de trabajo".

En suma, un valor de uso solo encierra un valor de intercambio por ser encarnación o materialización de trabajo humano abstracto. Ese trabajo humano es la "sustancia creadora de valor" y su cantidad se mide por el tiempo "socialmente necesario" para producir un valor de uso cualquiera en las condiciones medias de producción imperantes en la sociedad (10). En el intercambio de mercancías se realiza una “ecuación del valor” entre valores heterogéneos. De hecho, es sobre la base de esa heterogeneidad que se funda la trampa de la plusvalía, cuando el valor de uso de lo que compra el capitalista para el proceso de producción, a saber, la fuerza de trabajo, demuestra ser capaz de producir de valor de cambio.

Para Lacan, la contribución del marxismo a la “ciencia” es "revelar lo latente como necesario en el comienzo de la economía política" (215). Esa “necesidad”, ese “tipo de latencia” es lo que Lacan llama "estructura". Si la lingüística estructuralista de Saussure, la fonología de Jakobson, o la antropología estructural de Lévi-Strauss eran las referencias de una homología de “estructura”, aquí también incluye al marxismo como referencia, para introducir el "valor de goce". El marxismo demuestra que en el campo de la economía política, supuestamente dependiente de la acción voluntaria de los hombres, nos encontramos también con la coactividad de una "necesidad" que escapa a esa voluntad o libertad de los hombres. Si fuera el resultado de un pacto voluntario entre los hombres, no habría más coacción que el consentimiento que damos al pacto.
Pero por el otro lado, tenemos, junto con la “necesidad”, esta función de la “latencia”. De hecho, esa latencia tampoco falta en la geometría, aunque recién ahora no necesite de la medida, de la métrica, ni siquiera del espacio.

3 - Valor de goce

Confundiendo referencias (11), Lacan retoma el planteo de Feuerbach (223) que “el objeto del hombre es su esencia misma objetivada”, “el objeto al cual se refiere esencial y necesariamente un sujeto, no es otra cosa que la propia esencia objetivada de ese sujeto(12).
Encontraremos la verdadera sustancia a esa esencia propia del sujeto objetivada, en la interdicción del incesto, indicativa de la presencia del elemento tercero en el acto sexual en tanto exige la presencia y fundación del sujeto.
No hay acto sexual que no lleve “las marcas de la escena traumática, la relación referencial fundamental con la pareja parental” (223).

Como lo verifica Lévi-Strauss con sus estructuras elementales de parentesco, lo que se intercambia socialmente, entre esos parentescos, "son mujeres" (224).
Que el orden sea patriarcal o matriarcal, lo que la lógica de la inscripción impone al etnólogo es ver como viajan las mujeres entre los linajes.

Pero para el psicoanalista, lo que hace problema en el acto sexual no es social. Al contrario, es a partir del acto sexual que se constituye el principio de lo social, la ley de un intercambio.
El problema del acto sexual es del orden del valor, al nivel del inconsciente.

La mistificación y enmascaramiento de la economía política que desoculta Marx se basa en la conjunción de dos valores de naturaleza diferente.
Hay algo que hace las veces de valor de cambio, de cuya falaz identificación al valor de uso resulta la fundación del objeto mercancía. Hizo falta el capitalismo para que eso, que lo antecede desde tanto tiempo antes, sea revelado.

Análogamente, en el principio de lo que desdobla en su estructura el valor en el nivel del inconsciente, hay algo que ocupa el lugar del valor de cambio.
Y hace falta el estatuto del sujeto tal como lo forja la ciencia, ese sujeto reducido a la función de intervalo, para percibir que de lo que se trata en la equiparación de esos valores diferentes. "El valor de goce juega el rol de valor de cambio" (224).

La función del valor de goce tiene algo que concierne al corazón mismo de la enseñanza psicoanalítica y es lo que nos va a permitir formular de un modo diferente lo que concierne a la castración, puesto que “no hay acto sexual que no comporte la castración” (224).

4 - Transferencia del valor

Si reducimos el hombre a la función de semental, a semejanza de lo que se hace con los animales, por ejemplo un toro (para un cierto número de montas), podríamos imaginar la inscripción de esta circulación del falo omnipotente en las estructuras elementales del parentesco.
Pero resulta que el valor fálico es la mujer quien lo representa. “Si el goce peneano lleva la marca de la castración es para que sea la mujer la que llegue a ser aquello de lo que se goza” (225). Pretensión que nos abre todas las ambigüedades del término goce, en tanto implica "posesión".

En suma, ya no es el sexo del toro, del macho (valor de uso) el que sirve a la circulación donde se instaura el orden sexual, sino la mujer, en tanto deviene el "lugar de transferencia de ese valor sustraído al nivel del valor de uso, bajo la forma de objeto de goce" (225).

Intercambiamos el “valor de uso” del goce peneano, como como un “valor de cambio”, para poseer un “objeto de goce”.
Del goce peneano pasamos a la posesión de objetos de goce, cuyo valor de cambio se expresa como valor fálico. Y son las mujeres las que ocupan ese lugar de objeto fálico

Lacan hace un juego de palabras partiendo del inglés, donde una cabra se dice "she-goat", es decir, literalmente, "ella-chivo".
Refiere al genio de la lengua inglesa para llamar a la mujer “woman” (13), y propone “she-man”, lo que en francés nos da, inversión mediante, el "homme-elle", el "hombre-ella".
Todo lo que se articuló respecto al lugar de la mujer en el acto sexual solo valdría en tanto ella juega la función de "homme-elle".

En todo lo que nos es indicado concerniente a la sexualidad femenina, juega un rol eminente “la mascarada”, a saber, “la forma en que la mujer usa el equivalente de un objeto fálico” (226) (lo que la hace, desde siempre, la portadora de joyas).

De la sustracción, en algún lugar, de un goce elegido solo por su carácter maleable, vemos introducirse, con el fetiche, ese valor de uso extraído y fijado, un agujero, único punto de inserción necesario para toda ideología sexual.
"La sustracción de goce, ese es el pivote" (226).

La mujer es la alienación de la teoría analítica y la de Freud mismo, quien se percató de ello, según lo testimonia su pregunta “¿qué quiere la mujer?
Sin embargo, la mujer no padece por ello. Su goce le queda a disposición de un modo que escapa totalmente a toda captura ideológica. Para hacer "homme-elle", ella nunca carece de recursos.

Incluso la reivindicación feminista es siempre la misma mascarada que prosigue según los gustos de cada día. Donde la mujer es inexpugnable como mujer, es “fuera del sistema del llamado acto sexual” (226).

Ahora bien, si hemos hablado de "homme-elle" ("hombre-ella"), el "homme-il" ("hombre-el") desaparece. No existe más, puesto que es extraído del valor de uso.
Obviamente, eso no impide que el hombre, como valor peneano circule. Pero eso es clandestino, no importa cuál sea el valor, ciertamente esencial, que eso juegue en el ascenso social.
Si el "homme-il" no es reconocido en el estatuto del acto sexual en el sentido en que lo es en la sociedad, fundador, "existe una "sociedad protectora del homme-il". Es lo que se llama la homosexualidad masculina" (227).

Notas

(1) Jacques Lacan, “La ciencia y la verdad”, "El sujeto sobre lo que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia", Escritos 2, Editorial Siglo XXI, página 837

(2) En su libro “Il Saggiatore” (“El Ensayador”), publicado en octubre de 1623, Galileo Galilei plantea que “La filosofía está escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto delante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro

(3) Cuando Lacan retoma a Jaspers, en su tesis de 1932, en oposición a su maestro De Clerambault, subraya, justamente, el concepto de "proceso".
Pero allí donde dicho concepto había implicado para Jaspers el punto de su rechazo de todo saber sobre la “causa” del sentido, para Lacan este será el punto que señala el problema mismo de la psicosis.

(4) Jacques Lacan, “Entretien avec Pierre Daix", en "Les Lettres Françaises", traducción al castellano "Entrevista con Pierre Daix".

(5) Spinoza, por ejemplo, presenta su “Ética demostrada ordine geométrico”, e hizo una presentación de la filosofía cartesiana de la misma manera en su “Renati des Cartes Principiorum philosophiae partes prime et secunda more geometrico demostratae” (“Principios de filosofía de Descartes”). Esta forma de argumentación y demostración fue criticada por los empiristas, ya que consideraban que el modo de argumentación geométrico, esto es, deductivo, a partir de axiomas y postulados, da por supuesto lo que debe demostrar, a saber, los mismos postulados de los que parte.

(6) Jacques Lacan, "La metáfora del sujeto", Escritos 2, Editorial Siglo XXI, página 848

(7) Jean-Claude Milner, "La obra clara", Editorial Manantial, "El periplo estructural"; Editorial Amorrortul

(8) Karl Marx, "La mercancía", capítulo 1 del Libro I de "El Capital", Editorial Fondo de Cultura Económica, página 4

(9) Idem, página 5

(10) Idem, páginas 6 y 7

(11) Lacan refiere a "Los manifiestos filosóficos", que no es un texto de Marx sino el título bajo el cual Althusser reunió los textos y artículos más importantes publicados por Feuerbach entre 1839 y 1845 ("Manifestes philosohiques").
Es a Feuerbach, entonces, que corresponden la tesis que refiere Lacan: "el objeto del hombre es su esencia misma objetivada", Ludwig Feuerbach, "La esencia del cristianismo", Editorial Trotta

(12) Ludwig Feuerbach, , "La esencia del cristianismo", Editorial Trotta, páginas 64/5, "el objeto del hombre es su esencia misma objetivada"

(13) La palabra "woman" en inglés, se remonta a la época del inglés antiguo, cuando la palabra para mujer era "wīf", que es el origen de la palabra moderna "wife" (esposa).
Sin embargo, para referirse específicamente a una "mujer", se utilizaba la palabra "wīfmann". Esta palabra es una combinación de "wīf", que significaba "mujer" o "esposa", y "mann", que en inglés antiguo significaba "persona" o "ser humano" (y no necesariamente un hombre, como en el uso moderno). Así, "wīfmann" literalmente significaba "mujer-persona".
Con el tiempo, la pronunciación y la ortografía de "wīfmann" evolucionaron. Durante el inglés medio, la palabra pasó por varios cambios, como la pérdida de la "f" y el cambio en la estructura de la palabra, hasta llegar a "wifman" y luego "wiman".
Eventualmente, la forma moderna "woman" surgió, con el prefijo "wo-" que deriva de la forma antigua "wīf".
En resumen, el "wo" de "woman" proviene de "wīf", la antigua palabra para "mujer", combinada con "mann", que significaba "persona" en inglés antiguo.
La evolución fonética y ortográfica llevó a la forma moderna "woman".

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