Michel Sauval - Psicoanalista Jacques Lacan, Seminario "Lógica del fantasma", Lectura y comentarios de Michel Sauval

Sesión del 24 de mayo de 1967
"De la castración al objeto"

Notas de lectura y comentarios
La ubicación de las citas es indicada con paginación de la edición Paidós

Goce más allá

1 - Castración

La teoría psicoanalítica considera que el sujeto en análisis adopta “una posición regresiva”, “pre algo”, para “escabullirse de la incidencia de la castración” (281).
Y para dar cuenta del juego de “posiciones libidinales” que resultan de esas regresiones, pone en ejercicio una “población de entidades subjetivas” (el yo, el ideal del yo, el superyó, el ello, etc.) a la que la literatura anglosajona adjunta el “self”.

En contraposición con esta, tan trivial como misteriosa relación de estas entidades subjetivas y sus regresiones defensivas frente a la castración, Lacan señala, por un lado, que “en ningún caso un sujeto es una entidad autónoma”, “solo el nombre propio puede dar esa ilusión” (282), el “sujeto” es lo que un significante representa para otro significante. El “je”, por ejemplo, no es más que ese sujeto que “je”, como significante, representa para el significante “marcho” (para usar un ejemplo ya mencionado relativo al “acto”).
Y por el otro, que “la castración es una estructura subjetiva esencial para que algo del sujeto entre en este asunto que el psicoanálisis etiqueta como lo genital” (283). Si esta etiqueta (lo genital) fuera adecuada (no lo es) entonces el pasaje al fantasma del “órgano” sería necesario para que la “función” (genital) se realice.

El resquicio que marca este impasse es el señalamiento de que no se trata de un “órgano” que cumple una “función” (ya que no es la función la que hace al órgano sino el órgano quien hace la función), sino de la “introducción” del sujeto en esa función de lo genital, es decir, “el pasaje de la función al acto” (283) que merece el título de acto sexual, en tanto el acto “se presenta como un significante que repite la escena edípica” (172). Habría un acto sexual si el sexo (de cada cual) se apoyara en la “función de un significante capaz de operar en un acto que, por tal motivo, sería el acto sexual” (283).

Por lo tanto, solo será capaz de operar en el sentido del acto sexual un sujeto “normativizado respecto de ese acto por el complejo de castración” (283).
Esa estructura de la castración no puede tener por soporte la historia de una “amenaza” (supuestamente del padre, según los dichos de la madre) para que “cese la masturbación”.
Esa historieta solo está al servicio de volver “verosímil” el hecho que “la culpabilidad sobre la masturbación se encuentra en todas las vueltas de la génesis de los trastornos” (284).

A diferencia de la formulación acabada que Freud nos ofrece del “complejo de Edipo” en su texto de 1924 "El sepultamiento del complejo de Edipo", podríamos decir que nunca logró articular plenamente la incidencia psíquica precisa de esa amenaza o momento dramático que plantea la castración.

Toda la discusión sobre la sexualidad femenina que se desarrolló entre Freud, Jones y otros psicoanalistas en el periodo entre ese artículo sobre el Edipo y la conferencia de 1933 sobre la sexualidad femenina, da cuenta del impasse de abordar la castración en los enredos imaginarios (Ver anexo – Freud, Edipo y castración)

En la sesión del 13 de marzo 1957 del seminario IV sobre "La relación de objeto" (1), dedicada al complejo de castración, y donde presenta el cuadro con las tres "faltas" de objeto, Lacan señala que "no es posible articular nada sobre la incidencia de la castración sin aislar la noción de privación como lo que he llamado un agujero real (...) Se trata especialmente del hecho de que la mujer no tiene pene, está privada de él. Este hecho, la asunción de este hecho, tiene una incidencia constante en la evolución de todos los casos que Freud nos expone (...) La castración, que tratamos de definir, toma como base la aprensión en lo real de la ausencia de pene en la mujer" (2).

La noción de privación implica la simbolización del objeto en lo real, "ya que en lo real, nada está privado de nada. Todo lo que es real se basta a sí mismo. Por definición, lo real es pleno. Si introducimos en lo real la noción de privación, es porque ya lo hemos simbolizado suficientemente, incluso plenamente. Indicar que algo no está, es suponer posible su presencia, o sea introducir en lo real, para recubrirlo y para excavarlo, el simple orden simbólico. El objeto en cuestión en este caso es el pene. En el momento y al nivel en el que hablamos de privación, es un objeto que se nos presenta en el estado simbólico" (3) (negritas mías).

En cuanto a la castración, se refiere a un objeto imaginario. "Ninguna castración de las que están en juego en la incidencia de una neurosis es jamás una castración real. Solo entra en juego operando en el sujeto bajo la forma de una acción referida al objeto imaginario" (4) (negritas mías). De este modo se ordenan los estatutos del falo: imaginario () para la castración, y simbólico (Φ) para la privación.

En la conferencia sobre la "Bedeutung del falo” señala que el falo no es un fantasma, tampoco un objeto (parcial, interno, bueno, malo, etc.), y aún menos "el órgano, pene o clítoris" que simboliza, el falo es un significante, "el significante destinado a designar en su conjunto los efectos de significado en tanto que el significante los condiciona por su presencia de significante" (5). La articulación de la castración con la privación se reordena a partir de la noción de objeto a como real y causa del deseo.

Es a partir del acto sexual que aparece el “valor culpable” de buscar el goce (en sí mismo) de “una parte del cuerpo que juega un rol” (284) en la reproducción de la especie.
Como señalamos, no se trata de un órgano que cumpla una función, ni que la masturbación sea “culpable” del “pecado” del “traslado de un medio al rango de un fin” (284).
Se trata del “pasaje del sujeto a la función significante en ese lugar preciso que es el acto sexual” (285).

Que el goce, ahí donde puede ser “capturado”, deba pasar por una tal prohibición, por una negativización marcada sobre el órgano, es lo que introduce ese goce a "la función de valor", “el pasaje de un goce a la función de un valor”, al "valor del goce", lo que implica una "profunda adulteración" del estatuto del goce (285).

La "función del valor de goce" es transformar el goce "en algo de otro orden" (260).
Si el goce peneano lleva la marca de la castración, la mujer pasa ser “aquello de lo que se goza” (225), deviene el "lugar de transferencia de ese valor sustraído al nivel del valor de uso, bajo la forma de objeto de goce" (225).
Pretensión que nos abre todas las ambigüedades del término goce, en tanto implica "posesión". Intercambiamos el “valor de uso” del goce peneano, como como un “valor de cambio”, para poseer un “objeto de goce”.
Del goce “peneano” pasamos así a la “posesión” de objetos de goce, cuyo “valor de cambio” se expresa como “valor fálico”. Y son las mujeres las que ocupan ese lugar de objeto fálico.
La castración, entendida así, tiene el más estrecho lazo con “el objeto en la estructura del orgasmo” (286).

2 - Orgasmo

El orgasmo es caracterizado como algo diferente de un goce que tendríamos que llamar “masturbatorio”, en tanto se soporta sobre un órgano específico.

La cuestión del objeto en juego en el orgasmo arrastra dos confusiones.
En primer lugar, hablar de “autoerotismo” a propósito de este goce sería una concesión a los planteos orientados a asociar al narcisismo primario lo que sería el investimento del objeto.
En segundo lugar, caer en la "mojigatería” de la dimensión de la “persona", como se propone desde las concepciones de la “madurez genital” y su “reverencia a la persona” (286).

Cabe preguntarnos si un acto sexual tiene relación con "el advenimiento de un significante que represente al sujeto como sexo ante otro significante" (286), o si tiene el valor de un “encuentro único” (el que una vez ocurrido es definitivo), ya que son dos registros diferentes saber si en el acto sexual el hombre llega al Hombre en su estatuto de hombre (y lo mismo para la mujer), o si se trata del encuentro con “un partenaire que sería el definitivo”, ya que de eso se trata cuando evocamos “el encuentro” (287).

Por lo tanto, el objeto involucrado en la dimensión normativizada del acto sexual no es dado en sí mismo por “la realidad del partenaire” (287).
Está mucho más próximo de la función de la detumescencia, pero esta tampoco alcanza para constituir el complejo de castración.

3 - Detumescencia

La detumescencia, por ser característica del funcionamiento del órgano peneano en el acto sexual, y en la medida en que lo que ella soporta de goce es puesto en suspenso, está ahí para introducir que “hay goce más allá” (288), que el “principio de placer” funciona como límite en el borde de una dimensión del goce en cuanto está sugerida por la conjunción llamada "acto sexual". El “valor de goce” toma su punto de apoyo allí donde la detumescencia es posible, cuando esta encuentra su utilización subjetiva para marcar ese límite implicado en el principio de placer.

En la medida en que la detumescencia puede venir a representar “el negativo de cierto goce”, la experiencia llamada "eyaculación precoz" (que Lacan propone llamar más propiamente, "detumescencia precoz") y los diversos modos de la impotencia, ponen al desnudo que se trata de un goce que el sujeto rechaza, ante el cual se escabulle, en la medida en que es un goce demasiado coherente con la dimensión de una castración percibida como amenaza en el acto sexual.
En esos tropiezos y lapsus del acto sexual se manifiesta aquello de lo que se trata en el complejo de castración, a saber, que la detumescencia es anulada como bien en sí misma y es reducida a una función de protección contra un mal temido, transformándola en el "mal menor" (6) (288).

Si no hay goce identificable (“repérable”) sino del cuerpo propio, lo que de ese goce exceda los límites impuestos por el principio de placer no se evoca más que en la conjuntura del acto que ubica en su centro un agujero en torno a lo que es localizado en la detumescencia hedonista.
"El encuentro sexual de los cuerpos no pasa, en su esencia, por el principio de placer" (289).

Para orientarnos en el goce que ese encuentro comporta, “no tenemos otra referencia que la negativización reportada sobre el goce del órgano de la copulación” (289) en la medida en que es el que define al presunto macho, a saber, el pene.
Y que es de ahí que "surge la idea de un goce del objeto femenino" (289).

Es una idea, pero lo paradójico es que el goce femenino mismo solamente puede pasar por el mismo punto de referencia.
Ese es el complejo de castración en la mujer. No hay manera de ubicar el lugar de la mujer si no es en referencia a lo que se encuentra “en los accidentes orgánicos de lo que se llama anatómicamente el macho” (290).

A partir de la suspensión que recae sobre el órgano, se encuentra una orientación para ambos.
Si es en relación con la hiancia del complejo de castración que una orientación es posible para el hombre y la mujer, en el caso de esta última, la negativización del falo toma su valor en una posición invertida. “Una inversión es una orientación” (290). Quizás sea poco para caracterizar el goce comprometido en la mujer en el acto sexual. Ese problema está expresado en el mito del padre original, cuando se dice que él "goza de todas las mujeres". Y las mujeres “¿gozan aunque sea un poquito?”.

Según Lacan el psicoanálisis haría a sus practicantes, “incapaces” de afrontar la pregunta por la sexualidad femenina, no solo por parte de los machos, sino también de las mujeres psicoanalistas, que parecerían aterrorizadas ante “lo que tendrían que formular al respecto”. Pero, concluye, “por ahora no hay otra cosa” (290)

4 - Sexualidad femenina

Ese planteo, sin embargo, tiene su costado tramposo, ya que la pregunta por la “sexualidad femenina” deriva tan rápida como fácilmente en la búsqueda de un goce específicamente “femenino” complementario de otro goce específicamente “masculino”.
Respecto de este goce “masculino”, por un lado, lo que el mito de la horda primitiva designa, en ese punto, es la función original de "un goce absoluto que no funciona sino cuando es goce muerto, goce aséptico" (260).
Y por el otro lado, la referencia al goce “peneano” no prospera más allá de la referencia masturbatoria y “hedónica” que Diógenes promovía como la manera en que convendría tratar el “cosquilleo orgánico”.

Correlativamente, la búsqueda de una especificidad femenina tampoco escapa de esta perspectiva llamada “androcéntrica”.
Así se planteó desde el ordenamiento que hace Freud de la sexualidad femenina en torno a la primacía del falo, es decir, en función de un monismo sexual y una esencia masculina para toda libido humana (ver anexo “Freud, Edipo y Castración”).
Esta posición fue defendida por varias psicoanalistas mujeres, como Marie Bonaparte (7), Helene Deutsch (8), Jeanne Lampl-De Groot (9) y Ruth Mack-Brunswick (10). Pero a partir de 1920, esa tesis comenzó a ser cuestionada por varias mujeres de la escuela inglesa, entre las cuales Melanie Klein (11), Josine Müller (12), y sobre todo Karen Horney (13). Este debate tuvo su punto cúlmine en el congreso internacional de 1927 en Innsbruck, donde Ernest Jones presentó el artículo "La fase precoz del desarrollo de la sexualidad femenina" (14), donde plantea reemplazar el complejo de castración por la noción de afanisis como eje estructurante de la subjetividad, cuestionando el monismo libidinal freudiano y la primacía del falo, y proponiendo un dualismo sexual. Así, la escuela inglesa se fue orientando en la idea de una libido específicamente "femenina", con la consiguiente complementariedad entre un polo femenino y otro masculino.

Para Lacan, "la cuestión de la fase fálica en la mujer redobla su problema por la circunstancia de que después de haber hecho furor entre los años 1927 - 1935, haya sido dejada desde entonces en una tácita indivisión al capricho de las interpretaciones de cada uno" (15).

¿Acaso los desarrollos modernos de la sexología sobre la sexualidad femenina suplen aquella carencia, o innovan en algo?
La mayoría de estos aportes suelen ordenarse en la perspectiva de la ubicación, en “alguna parte del cuerpo”, de “puntos” de goce que derivan su especificidad “femenina” justamente de esa referencia anatómica donde, amén del conocido clítoris, como eventual equivalente del pene en tanto cuerpo cavernoso con sus posibilidades eréctiles y vasoconstrictoras, tenemos el llamado “punto G”, ubicado detrás del pubis, alrededor de la uretra, y asociado a la llamada “eyaculación femenina” por la secreción producida por la glándula de Skene (llamada por eso la “próstata” femenina, a pesar de que no tener ninguna función seminal), o el “punto A” (apócope de AFE, sigla de “Anterior Fornix Erogenous Zone”, “zona erógena del fórnix anterior”), también llamado K a veces, cuyo tejido conectivo que permite la vasoconstricción y sensaciones sexuales (multi orgasmia). A estos puntos se adosan luego otras zonas más o menos cercanas, como el llamado punto K en relación con Kundalini, del hinduismo, ubicado en la base de la columna vertebral, u otras denominaciones para las referencias anteriores.
Como señala la sexóloga española Valerie Tasso en un reportaje (16), la mujer puede disfrutar sensaciones orgásmicas a medida que “adquiere experiencia” y “conoce su cuerpo”, habilitando las mismas posibilidades masturbatoria que tendría el hombre en el espacio acotado de su órgano genital . Quizás el modelo de “acto sexual”, o de “relación sexual” que promueve, de algún modo, la sexología, sea una relación masturbatoria, donde cada “partenaire” queda definido como el instrumento de masturbación del otro.
Sin embargo, y como acabamos de señalarlo con la “detumescencia precoz”, ese goce está sujeto a las transformaciones que implica el lenguaje. Por eso mismo Valerie Tasso concluye finalmente que la posibilidad de ese disfrute de las sensaciones orgásmicas para la mujer “se debe al despliegue que ha realizado de su sexualidad y no a la zona que estimule” (subrayado mío).

En suma, podríamos decir que la pregunta por la “sexualidad femenina” es la réplica de la falta de una respuesta a una pretendida identidad sexual “masculina”.
El órgano peneano resuelve tan poco la sexualidad de “quien lo tiene” como de “quien no lo tiene”.

5 - Campo del Uno

Por eso en la sesión pasada se señaló que había que "dejar vacío, desierto, el campo central del Uno de la unión sexual" (290), ya que se verifica muy azaroso cualquier procedimiento de partición que permita aislar lo que llamamos los significantes del hombre y de la mujer.

Toda la aventura de la imposible subjetivación del sexo se inscribe sobre las tabletas del Otro, especificado como siendo el cuerpo.
Es en ese sentido que el objeto a se presenta siempre como fragmento de pertenencia del Otro.
La única conjunción de la que podemos hablar es del Otro y su partenaire objeto a, el objeto caído de la inscripción significante, fuera de la cual no tenemos ninguna substancia de sujeto.

Esta articulación del Otro y el objeto a deja en suspenso la cuestión del objeto fálico del que hay que precisar la manera en que es soportado como objeto. Lo que quiere decir el complejo de castración es que “no hay objeto fálico” (291), y esa es la única chance de que haya acto sexual. "No es en torno a la castración sino en torno al objeto fálico, que es el efecto del sueño, que fracasa el acto sexual" (291).

6 - Adam Kadmon y Lilith

En el Génesis, antes de Eva, “Adán-Kadmon”, ese hombre arquetípico y primordial que era Uno, tenía que ser los dos, el hombre en sus dos caras: macho y hembra.
Motivo por el cual Dios decide que tenga una compañera, para lo cual necesitó aprovechar de su sueño para extraerle la costilla con la que moldea a la Eva primera.
Es decir que, en la dialéctica sexual, en adelante, tendrá que vérselas con un pedazo de su propio cuerpo, instaurando, en el umbral de lo que concierne al acto sexual, ese mandamiento de que "serán una sola carne". Umbral agudo donde vemos la ley del acto sexual en su dato crucial: que el hombre castrado pueda ser concebido como nunca pudiendo alcanzar más que “ese complemento” con el cual puede equivocarse al tomarlo como “complemento fálico” (292).

La ficción de que ese objeto no sea lógico es requerida por el complejo de castración.
Por eso no sorprende que, en unas breves anotaciones marginales de los rabinos, se indique que antes de Eva, Dios habría creado una mujer a imagen suya, “Lilith”, formada al mismo tiempo que Adán, la que le habría presentado la manzana a Adán, introduciéndolo en la dimensión del saber.

Y por esta dimensión del saber, el efecto del psicoanálisis es haber ubicado allí, por lo menos bajo dos de sus formas mayores (“oral y anal” agrega JAM), cual es la naturaleza y la función de este objeto enteramente concentrado en esa manzana.
Esta es la vía por la que Lacan buscará precisar mejor lo tocante al objeto fálico, al que primero debe desvestir, descascarar (“dépouiller”).

Notas

(1) Jacques Lacan, Seminario IV "La relación de objeto", Editorial Paidós, página 217.
Ver también notas de lectura "las tres faltas de objeto"

(2) Idem, página 220

(3) Idem

(4) Idem, página 221

(5) Jacques Lacan, "La significación del falo", Escritos 2, Editorial Siglo XXI, nueva edición argentina 2008, página 656

(6) "siendo aquí concebida la castración como un mal menor" (288)
En Staferla y la estenotipia transcriben "que la détumescence est annulée comme bien en elle-même, qu'elle est réduite a la fonction de protection plutôt, contre un mal redouté ... que vous l'appeliez jouissance ou castration ... comme un moinde mal elle même", que podemos traducir del siguiente modo: "que la detumescencia es anulada como bien en sí misma, que es reducida a la función de protección más bien, contra una amenaza ... que lo llamen goce o castración ... como un mal menor ella misma".
Es obvio (por la lógica misma del texto, y no haría falta siquiera recurrir a estas otras transcripciones para evidenciarlo) que el "mal menor" no es la castración, sino la detumescencia, usada como protección contra la amenaza, de la castración o el goce.
Ese es el sentido de la "detumescencia precoz" y las gama de las impotencias.

(7) Antes mismo de su encuentro con Freud, bajo el seudónimo de A. E. Narjani había publicado un artículo titulado "Consideraciones sobre las causas anatómicas de la frigidez de la mujer" , en el que sostiene la tesis de dos tipos de frigidez. La primera, completa, respondería a una inhibición psíquica, en tanto que la segunda, electivamente vaginal, respondería a una causa orgánica: una distancia demasiado grande entre el clítoris y la vagina. Esta tesis no quedó solo en palabras. Los varios tramos de análisis realizados con Freud (a partir de 1925) no mellaron su relación con el Dr. Halban (bajo cuyo influjo había redactado aquel artículo), y en 1927 realiza la primera de sus tres cirugías destinadas a acercar el clítoris a la vagina (las otras dos serán en 1930 y 1931).
Según su biógrafa, Celia Bertin ("Marie Bonaparte: La dernière Bonaparte", Librairie Académique Perrin, Paris, 1982 . Hay edición en castellano "Maria Bonaparte" en Editorial Tusquets), esta primera operación habría dado término a su "luna de miel" con el psicoanálisis. Seguramente está de más agregar que su frigidez sexual permaneció intacta, y en 1950 insistirá con que Freud habría sobrestimado el poder de la terapia, y que "es en las profundidades de la carne maternal que la naturaleza hizo de mí, por el sexo, una mujer fallada, aunque, en revancha, por el cerebro, casi un hombre".

(8) Helene Deutsch es sobre todo conocida por el despliegue que le dio a la cuestión del "masoquismo femenino".
Ver, por ejemplo, su artículo "The significance of masochism in the mental life of women", International Journal of Psychoanalysis 11 (1930), 48-60. Hay traducción al castellano, "La importancia del masoquismo en la vida mental de la mujer" (1930), en R. Fliess (comp.), "Escritos psicoanalíticos fundamentales", Buenos Aires, Paidós, 1981. Hay otra traducción publicada como "La significación del masoquismo en la vida mental femenina", en revista Buscón

(9) Jeanne Lampl-de Groot, "The evolution of the Oedipus complex in women", International Journal of Psychoanalysis IX (1928)

(10) Lo mismo que Marie Bonaparte y Jeanne Lampl-De Groot, Ruth Mack-Brunswick perteneció al "círculo de las mujeres" de Sigmund Freud.
Fue su paciente, y después una de sus discípulas más fervorosas, especialista en el tratamiento de la psicosis (Freud le derivó, en su momento, a Sergius Pankejeff, el "hombre de los lobos") y apasionada por la cuestión de las relaciones pre edípicas.

(11) El desplazamiento hacia atrás del complejo de Edipo que propone Melanie Klein modifica completamente las características e importancia que Freud le asigna a la ligazón-madre de la fase preedipica. En particular, ver su artículo "Early stages of the oedipus conflict", International Journal of Psychoanalysis, 9:167-180. (1928), del que hay traducción al castellano: "Estadíos tempranos del conflicto edípico".

(12) Josine Müller, "Ein Beitrag zur Fage der Libidoentwicklung des Mädchens in der genitalen Phase", en Internationale Zeitschrift für PsychoanaLyse, 17 (1931), pp. 50 ss. "A Contribution to the Problem of Libidinal Development of the Genital Phase in Girls", International Journal of Psycho-Analysis 13( 1932):361-68f.

(13) IKaren Horney, "Die Flucht aus der Weiblichkeit", Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, 12: 360-74 (1926). "The Flight from Womanhood: The Masculinity Complex in Women as Viewed by Men and by Women", International Journal of Psychoanalysis, 7: 324-39. Reprinted in Feminine Psychology, 54-70. Hay traducción al castellano "La huida de la feminidad", en "Psicología femenina" (págs. 57-75). Buenos Aires: Psique, 1970
Karen Horney, "Gehemmte Weiblichkeit: Psychoanalytischer Beitrag zum Problem der Fridigitit", Zeitschrift für Sexualwissenschaft, 13: 67-77 (1926). "Inhibited Femininity: Psychoanalytical Contribution to the Problem of Frigidity", English version in Feminine Psychology, 54-70 (1926). Hay traducción al castellano "La feminidad inhibida. Contribución psicoanalítica al problema de la frigidez", en “Psicología femenina“ (págs. 77-91). Buenos Aires: Psique, 1970

(14) IErnest Jones, "The early development of female sexuality", The International Journal of Psycho-Analysis, Vol VIII, Out 1927.
Hay traducción al castellano "La fase precoz del desarrollo de la sexualidad femenina", incluida (junto con artículos de J. Lacan, J. Rivière y H. Deutsch) en "La sexualidad femenina", Editorial Homo Sapiens, 1979, y también "La sexualidad femenina temprana", publicada en la revista Diva n° 3 de agosto 1998..

(15) Jacques Lacan, "Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina", Escritos 2, Editorial Siglo XXI, página 691.

(16) Reportaje en TN

 

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