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Sesión del
21 de junio de 1967
"El axioma del fantasma"
Notas de lectura y comentarios
La ubicación de
las citas es indicada con paginación de la edición Paidós
El axioma del fantasma
1 - Lógica del acto sexual
Esta sesión del 21 de junio es la última del seminario, pero creo que también se ofrece como presentación de la problemática del seminario siguiente, “el acto analítico”(1).
Podríamos decir que este seminario, “la lógica del fantasma”, podría haberse titulado también “la lógica del acto sexual”.
Como vimos, la fórmula del fantasma ( $ <> a ) articula esa “partición” entre “cuerpo” y “goce” – “separados” por la intervención significante - en la que interviene típicamente la perversión, intentando reunirlos en la vía de una “solución” del acto sexual. Y para el neurótico, el arreglo del fantasma es lo que le brinda un soporte para contrarrestar “la carencia de su deseo en el campo del acto sexual” (349).En el seminario X, el objeto a se presenta principalmente como “causa” del deseo, en tanto en este seminario XIV, funciona principalmente como punto de recuperación, o reducción, de goce.
La pregunta será cómo se articula esto en la relación …. analítica! La reunión pasada, comenté algunas de las "deducciones" que se han planteado, a partir de Sade, en cuanto a supuestas afinidades que resultarían entre la posición del analista y el sádico. JAM, en la sesión del 12 de diciembre de 1984 de su seminario "1, 2, 3, 4" , plantea que: "el analista, como Sade aquí, no es más que un instrumento" (2), en la medida en que, según Miller, la experiencia analítica "apunta a la división del sujeto" como en la supuesta experiencia sádica, es decir, invirtiendo la alienación, “imponiendo” la alienación al otro.Esta sesión comienza, entonces, señalando que “el discurso analítico es el discurso de un neurótico”, pero en las condiciones que implica el “consultorio del analista” (336).
Es más, podríamos decir que la calificación de “neurótico”, solo adquiere su pertinencia en función de esa misma “condición” de la relación con un analista. De lo contrario, solo es una calificación médica, o social, sin ninguna relación particular ni con la palabra ni con lo que hace a lo propio del “consultorio del analista”. Lo que condiciona ese discurso del “neurótico”, para que podamos hablar de discurso “analítico”, más allá de nuestras consignas sobre la asociación libre, es que está en vías de “ser interpretado” (337).Cualquier “palabra” está sujeta a una “respuesta” que, hermenéuticamente, puede valer como “interpretación”.
Qué es lo que está en juego entre esta palabra y esta interpretación? Es la relación a la verdad.
Eso es lo que nos lleva a la lógica, cuya armadura está dada por los registros de la alienación y la repetición.
2 - Lógica e inconsciente
Cualquier enunciado está constituido por una cadena significante, y lo que es objeto de la lógica, en el discurso, está limitado desde la partida, por condiciones formales.
Para los lógicos, solo las frases asertivas son susceptibles de la crítica, es decir, se avienen a las condiciones necesarias para que,"de un enunciado, se pueda deducir otro enunciado" (337).La función de la negación se inscribe en las “condiciones necesarias”, en primer lugar, excluyendo al “tercero”, es decir, el principio de no contradicción: algo no puede ser afirmado y negado al mismo tiempo bajo el mismo punto de vista.
Es lo que se nos enuncia desde el tiempo de Aristóteles.
El principio de no contradicción no tiene nada que ver con lo real, "no es cuestión de contradicción en lo real" (338). Si se trata de tendencias, estas siempre están sometidas a un campo de composición. En cambio, en el principio de no contradicción de lo que se trata es de “negación”.
“No” V y F a la vezEn cambio, para Freud, ese principio de no contradicción no detiene lo que se enuncia en el inconsciente. La contradicción es "el privilegio, la propiedad del inconsciente" (338).
Ahora bien, si Freud dice que el inconsciente no está sometido al principio de no contradicción es porque podría estarlo, puesto que está estructurado como un lenguaje.
Es solo en el uso de un lenguaje que el principio de no contradicción tiene sentido, es decir, que el principio funciona o no funciona, que el enunciado satisface, o no satisface, la interdicción.
En un sistema formal lógico, ese principio está en las “condiciones necesarias”.
Si nos percatamos que en algún lugar el principio no funciona, es porque se trata de un discurso. Invocarlo significa que el inconsciente viola la regla en juego, pero eso es al mismo tiempo la prueba de que está instalado en un campo lógico, que articula proposiciones.
3 - La “verdad” de la “regla fundamental”
La ley de no contradicción (en términos aristotélicos, "nada puede ser y no ser al mismo tiempo") es lo que responde al campo acotado de las frases asertivas, el campo de las condiciones necesarias para que, de un enunciado pueda deducirse una cadena correcta, que permita hacer la misma aserción sobre otro enunciado, aserción que es afirmativa o negativa.
El principio de no contradicción debe distinguirse de la ley de bivalencia (en términos aristotélicos, "todo tiene que ser o no ser"), la que especifica que toda proposición debe ser verdadera o falsa.
Esa bivalencia es problemática, como lo indican los matices que se modulan en "¿es verdadero que es falso?" y "¿es falso que es verdadero?". No es algo lineal, unívoco, zanjado.Tanto Freud como Lacan han planteado que el modo en que se formule la regla fundamental define, o condiciona, cómo va a ser el análisis.
Obviamente que, entre comillas, ya que no podemos saber cómo va a desarrollarse un análisis. Pero sí hace a la concepción que el analista tenga del análisis.En “la iniciación de los tratamientos”, Freud nos dice que, a semejanza del ajedrez, para el análisis, “sólo las aperturas y los finales consienten una exposición sistemática y exhaustiva” (3).
La explicitación de la regla fundamental de la asociación libre formará parte de estas “aperturas”.
En “La dirección de la cura …”, Lacan indica que las directivas formuladas en relación al sostenimiento de la asociación libre, “están en una comunicación inicial planteadas bajo forma de consignas de las cuales, por poco que el analista las comente, puede sostenerse que hasta en las inflexiones de su enunciado servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista en el punto de consecuencia al que ésta ha llegado para él” (4).En esta ocasión, Lacan indica que su formulación de la regla para quienes entren en análisis con él es la siguiente : “basta que se plantee la pregunta de saber si debe o no decirlo para que eso esté zanjado, es si" (5) (339).
No podemos zanjar si lo que se piensa decir es verdadero o falso. Pero sí que se diga.
La regla fundamental no es que el paciente diga cosas verdaderas ni decirle supuestas cosas verdaderas.
Justamente, lo que no le decimos es que es la verdad lo que se plantea ahí como debiendo ser buscada. Pero ¿cómo, o dónde? En las “fallas” de los enunciados.
Fallas que pueden multiplicarse pero que, a partir de ese momento, suponen una coherencia que implica la eventual refacción de dichas fallas. Refacción que debe hacerse siguiendo ciertas normas, las que evocan la presencia de “la dimensión de la verdad”.Esta dimensión es inevitable en la instauración del “discurso analítico”. El discurso analítico es un discurso sometido a la ley de solicitar a esa verdad que habla, que enuncie un veredicto, un dicho verdadero. A esa verdad que habla, y de la que se espera un veredicto, para sacarle “ventaja” ("lui faire la pige"), “hacemos semblante de no interesarnos en ella” (340). Ese es el sentido de "la regla de la asociación libre".
Interrogamos la verdad de un discurso que puede decir si y no al mismo tiempo, de la misma cosa (no sujeto a la "no contradicción"), y que diciéndose, introduce una verdad.Por eso Freud se vió sobresaltado cuando la Joven Homosexual Femenina (6) le trajo sueños mentirosos, problema que le costó su trabajo intentar resolver con el argumento que “los sueños no son el inconsciente”, que por eso los sueños pueden mentir. Obviamente, esos sueños eran “mentirosos” para Freud, en términos de que buscaban engañarlo, tenían la “intención” de cautivarlo, a él, Freud, para que se dé un trastazo, para que caiga de más alto, se los toma como algo dirigido contra él. Es su “interpretación” la que decide que son “mentirosos”. Él zanja lo que sería verdad o mentira. Al no querer correr el riesgo de "ser engañado", al confundir un deseo con una "intención", se le escapa lo que es una verdadera transferencia, no percibe que es en la interpretación del deseo de engañar que el camino se abre, y no se cierra, como él cree, al suponer que eso está dirigido contra él. En suma, confunde lo que ella piensa con donde ella está. No puede asumir que lo real del juego de la joven pasa por la posibilidad de que él sea dejado caer en tanto objeto pulsional.
En suma, el inconsciente preserva una verdad que no confiesa y que si se la presiona puede ponerse a mentir a todo trapo con los medios que tiene.
El inconsciente solo tiene sentido si entendemos que no es un “sujeto de pleno derecho” (340) (“sujet à part entière”).
El inconsciente está desde antes del sujeto de pleno derecho, hay un lenguaje desde antes que el sujeto sea supuesto “saber” lo que sea. Hay una anterioridad lógica del estatuto de la verdad respecto de cualquier cosa que pueda calificarse de sujeto que pueda alojarse allí (341). Y si la interpretación no tiene esa relación con la verdad, entonces todo se reduce a un efecto de discurso. “Si la interpretación es solo lo que aporta material, si eliminamos radicalmente la dimensión de la verdad, toda interpretación no es más que sugestión” (341).
Se puede hablar de “la dimensión de la verdad”, pero no de “una interpretación falsa”.
Por eso Glover acepta la eventual fecundidad de la interpretación inexacta (7). En efecto, inexacto no quiere decir que sea falsa.
En el discurso analítico, destinado a cautivar la verdad, lo que representa la verdad es la respuesta-interpretación. Ese discurso tiene por función hacer lugar a una interpretación siempre posible, aun cuando no ocurra, pero que tiende a instituir un lugar de reserva donde la interpretación verdad vendrá a inscribirse, como “lugar reservado a la verdad” (342).
4 – La “verdad” del deseo
Eso forma parte del problema porque toda “respuesta” no deja de implicar la articulación de un S2 respecto de un S1, es decir, la producción de un saber (para adelante) y la producción de un sujeto, como efecto de significación.
Ese lugar “reservado a la verdad”, “es el que ocupa el analista" (342), aunque no es ahí donde lo ubica el paciente.
Y es por ocupar ese lugar falso de “sujeto supuesto saber” que la transferencia funciona y se producen los efectos sobre los que el analista debe intervenir rectificándolos “en nombre de la verdad”.
Si la verdad está ubicada, en el discurso analítico, en el lugar del que escucha, la única cosa que este sabe es que está, él mismo, como sujeto, en la misma relación a la verdad que el que habla.El analista, como todo el mundo, está obligatoriamente en dificultad con su inconsciente, y solo esta dificultad, la suya, puede responder dignamente allí donde se espera la interpretación.
Pero una dificultad no constituye un estatuto. No se trata de estar más o menos cómodos respecto a esa dificultad, sino que la verdad en cuestión remite al deseo, y no es tan sencillo definir “la verdad del deseo” (343).El deseo es esencialmente “falta”. No hay objeto con que el deseo se satisfaga, aun cuando hay objetos que son “causa” del deseo.
Más allá de las medidas "dietéticas" que la "sabiduría" recomiende respecto al deseo, al que considera como locura, el punto es que "hay un momento en que el deseo es deseable. Es cuando se trata de lo que no sin razón ocurre en la ejecución del acto sexual" (343).El error habitual es creer que el deseo se inserta como función en lo fisiológico y que el inconsciente aporta el trastorno. Lo que aparece como la medida del deseo, la erección, no tiene nada que ver con el deseo. El deseo puede jugar sin estar acompañado de erección. Esta es un fenómeno que se sitúa en el camino del goce, y al que se le demanda no interrumpirse, para que se opere el acto sexual. Cuando el acto sexual tiene todo su valor, los emblemas priápicos se erigen en todas las esquinas.
Si ponemos la operación indispensable al acto sexual (la copulación) en el registro del deseo y no en el del goce estamos condenados a no entender nada del deseo de la mujer que, como el del hombre, está con relación a la falta simbolizada por la falta fálica, pero cuyos goces son completamente heterogéneos.
Lacan sugiere que una referencia equivalente a la erección en el hombre, en la mujer, sería "el golpe de ascensor" (344).
Es de ese decalaje que hay entre los goces que debemos partir para saber a qué distancia ubicar el deseo en su relación al acto sexual.El deseo es lo que se produce como sujeto en el acto de la demanda.
El deseo solo está interesado en el acto sexual en tanto una demanda pueda estar comprometida en dicho acto. Esto no se da necesariamente, pero es lo corriente, en lo que se llama el mercado, o el comercio, sexual.
Si el deseo surge de la demanda, aun cuando la demanda se satisfaga sobre el plano de la necesidad que la suscitó, es propio de la demanda (por ser lenguajera) engendrar esa falla del deseo. Hay algo desplazado que hace, del objeto de la demanda, algo impropio para la satisfacción del deseo. El seno, por ejemplo, no es más que la metáfora de todo lo que está perdido.El deseo es el deseo del Otro porque la falla se produce en el lugar del Otro, que es donde el lenguaje encuentra su lugar y la verdad habita.
5 - El deseo es su interpretación
El arte del vendedor es el de crear demanda con oferta, lograr que alguien desee un objeto que no necesita, para empujar a que lo demande.
Es por la vía del deseo del Otro que todo objeto se hace presente cuando se trata de “comprarlo” (“l’acheter”) (345) .
Juego con la homofonía entre "comprarlo" ("l'acheter") y "cobardía" ("lâchetée").
Es una palabra, “cobardía”, “lachetée” (“Feigheit” en alemán), “vous êtes un lâche Monsieur”, “usted es un cobarde señor”, “tua res agitur” (8).
Se trata de cobardía, pero es de ti mismo que se trata, “de la tuya” (346).
El resultado de la serie de “malversaciones” , las que la vida resume bajo el signo del deseo, será que te empuja siempre más lejos en el sentido de “redimirte de la cobardía”, “te racheter de la lâchetée”.Pero, como ocurre con la verdad, ¿dónde está la cobardía? La “cobardía” es la que resulta de comprar el objeto, “comprarlo” (“lâchetée “), ya que con esa “compra” lo que hago es engañarme respecto del deseo del Otro.
En ese párrafo, JAM agrega, como interpretación de la cobardía, la pregunta “¿es ceder ante el deseo del Otro?”. No es de Lacan, pero creo que es una interpretación pertinente.Esa dimensión está siempre enmascarada en la intervención del analista (346), (el que con su oferta genera demanda).
Pero el paciente sabe que la “cobardía” está involucrada. En el caso del “hombre de las ratas”, el paciente trae rápidamente esta dimensión de su cobardía.
“Las ideas que se combatían en él rezaban, por un lado: era sin duda una cobardía de su parte; evidentemente sólo quería ahorrarse la incomodidad de pedir ese servicio a A. y aparecer como un loco ante él, y por eso quebrantaba su juramento; por el otro lado: era, al contrario, una cobardía cumplir el juramento, pues así sólo quería procurarse paz ante las representaciones obsesivas. Cuando, en una reflexión, los argumentos se equilibran de ese modo en la balanza, él tiene el hábito de dejarse empujar por sucesos casuales como si fueran juicios de Dios” (9).La eventual “valentía” del sujeto sería jugar el juego del deseo, del deseo del Otro.
El juego comienza por darle la “prima” (“donner la prime” (10)) a algo que es “la cobardía del Otro” (“la lâchetée de l’Autre”), que “lo compra” ("qui l'achète"), y reencontrarse allí al final.Recordemos que “el deseo es su interpretación” (346).
Si podemos hablar de “deseo inconsciente” (ya que todo el mundo cree que es consciente de su deseo) es porque “es el deseo del Otro”.
Si hay, como lo señaló recién con la metáfora de la "compra", “la captura (11) del deseo dentro del deseo del Otro” (346), entonces “hay un paso (“pas”) que franquear”.
Si el deseo es inconsciente es porque en el discurso que lo soporta se ha hecho saltar un eslabón para que el deseo del Otro no sea reconocible.
Es ahí donde interviene la negación.
Si hay un "no" ("pas"), creamos más acá de ese “pas”, no el "no deseo" (“non-désir”), sino el "deseo no" ("desir-pas"). Esa es la definición del deseo inconsciente, ese punto de caída que nos designa el “pas”.Si bien habrá que esperar hasta el seminario XX “Aun” para que Lacan le dé estatuto de “matema”(12) a estos juegos de palabra y neologismo, pero es evidente que los viene realizando desde mucho antes.
Es el caso de este “désir-pas”, que se transformará en un “des-irpas” a partir de relacionarlo con otras expresiones como "des-espoir" ("desesperanza") o "des-être" ("deser"), para separar ese "désir pas", como un "des-irpas", y señalar que el deseo inconsciente es "des-irpas", el punto de caída que ese señala ese “pas”, algo que cae respecto al "irpas", que designa muy precisamente el deseo del Otro, cuya interpretación se verbalizaría en un "irpassé", homofónico de "y repasser" (“volver a pasar”).Es alrededor de esto que se produce la inversión por cual la interpretación toma el lugar de ese deseo indestructible, al “volver a pasar” por ese lugar donde ya está articulado, sin que por ello el deseo interpretado encuentre su salida, permaneciendo como un "désir pas" (347). Una repetición que no designa, forzosamente, el objeto, sino que vehiculiza esta falta, articulando de esta manera las dos características del fantasma
6 - El fantasma: significación de verdad
Las funciones formales de la verdad presentan un “gap”, un espacio singular, entre el principio de “no contradicción” y el de “bivalencia”.
La solución adoptada por los lógicos consiste en decir que lo que es verdadero no es la articulación significante sino lo que ella quiere decir.
Pero lo que se deduzca de toda instancia formal no podría fundarse, de ningún modo, en la significación referida. En primer lugar porque es imposible fijar una significación que sea unívoca. Por otro lado, porque cualesquiera sean los significantes tomados para marcar como verdadera o falso un referente, siempre será posible implicarlos en una circunstancia en que la verdad la más claramente enunciada a título de un contenido significado, este será falso, incluso engañador. El orden que instaura en las matemáticas el uso lógico de la verdad solo es posible en tanto la función de la verdad es atribuida a un agrupamiento significante. Eso es lo que le hace decir a Russell que en lógica matemática no se sabe de qué se habla (13) .El fantasma "un niño es pegado" , es una frase que engendra al sujeto barrado.
No es más que la articulación significante "un niño es pegado", salvo por lo que sobre eso vaga como una presencia: "la mirada" (348).Tenemos así las dos características del fantasma: $ <> a.
Es posible fijar su estatuto como acoplamiento de una estructura gramatical correlativa del "no pienso" (en cuyo lugar surge el objeto), y de una "significación de verdad" correlativa de un "no soy".Freud define el rol del fantasma en el orden del deseo neurótico señalando que se encuentra en estructuras neuróticas muy diferentes y que se mantiene distante de toda la discusión relativa a la verdad de los síntomas.
El segundo tiempo de "un niño es pegado", en el que el sujeto está en el lugar del niño, solo se obtiene excepcionalmente, y como una construcción del análisis.Esa distancia del fantasma respecto a la zona en que el deseo se liga a la demanda es un punto fundamental para no caer en la inflexión que hace depender el análisis del registro de la frustración, y poder distinguir la estructura perversa de la neurótica. Respecto del deseo prevenido de la fobia, el deseo insatisfecho de la histeria y el deseo imposible de la obsesión, el fantasma juega un rol aparte, es una "significación de verdad" (349), es decir, lo mismo que cuando afectan con una V, con una connotación de verdad, una proposición que será axioma en la teoría.
El fantasma no tiene otro rol que el de un axioma, cosa que debe tomarse lo más literalmente posible, tratando de definir las leyes de transformación que le aseguren, en la deducción de los enunciados del discurso inconsciente, "ese lugar de un axioma" (350).
El fantasma está ahí como una muleta, un cuerpo extraño, cuya función es subvenir a la carencia del deseo en tanto el deseo es deseable, es decir, cuando es puesto en juego a la entrada del acto sexual.
Esta función es la que permite comprender que, en la economía neurótica, el arreglo del fantasma sea tomado prestado del campo de determinación del goce perverso.
La disyunción en el campo del Otro entre el cuerpo y el goce es lo que engendra un sujeto barrado conjugado con un objeto a, en tanto es esa parte del cuerpo donde el goce puede refugiarse.
El neurótico encuentra en este arreglo del fantasma un soporte para contrarrestar la carencia de su deseo en el campo del acto sexual.7 - El caso Florrie
La perversión es la que se presenta como con un cierto “saber” con relación al objeto a en esa escisión entre el cuerpo y el goce.
Lo que nos presentan el sadismo o el masoquismo es la “ubicación” de ese objeto como lugar de eventual recuperación de goce.
En el caso de Sade con el principio superior de la “maldad absoluta” para precisar el objeto de la ley universal. Y en el caso de Sacher-Masoch, con la dramatización de una idealización femenina separada de su goce, recuperado en el objeto resto.Lacan recomienda la lectura de un caso de Havelock Ellis, “un texto sensacional” (350), el caso de “Florrie” (14), en el que señala algunas de las confusiones entre perversión y neurosis.
Florrie estuvo más de tres años en análisis con Havelock Ellis. No solo mediante sesiones sino, casi principalmente, por la vía de más de sesenta cartas, más expansivas e instructivas que las sesiones.
De hecho, el análisis comenzó a partir de una carta enviada a Ellis en la que Florrie confesaba sus ideas obsesivas de azotarse, e impulsos de autoflagelación.De niña, una gobernanta necia e ignorante (con marcada preferencia por sus hermanos varones) la llevaba ante el padre acusándola de portarse mal. Este se enojaba y la enviaba a su cuarto de vestir, más aislado acusticamente, y donde la castigaba en las nalgas, hasta sangrar, con una pequeña fusta de montar, de lo que resultaba una combinación de culpa por ser una “mala niña” y sentirse avergonzada por ello. Luego, cuando el padre la besaba y le pedía que fuese una niña buena, ella sentía vergüenza y gratitud por haber tenido que ser castigada. Si flagelada, entonces amada. Si amada, entonces flagelada. Florrie misma asocia aquellos castigos con sus ideas obsesivas: “no podría describir el sentimiento de vergüenza que me invadía cuando mi padre me pegaba en el trasero. Evidentemente era una especie de vergüenza sexual” .
Desde los 16 años defendió el voto femenino. Sentía un odio contra la crueldad de los hombres. Pero a los 28 años leyó un artículo que defendía el dominio de los hombres sobre las mujeres. Y surgió en ella un nuevo e inesperado impulso. Supuestamente para embromar las protestas feministas y por el placer de la contradicción, se enroló entre los escritores de cartas contra las mujeres que rechazaban ser gobernadas por los hombres, sosteniendo al autor del artículo, que abogaba por los castigos corporales.
Escribió varias cartas y utilizó toda su habilidad literaria para demostrar con hechos históricos y experiencias directas que un hombre bien educado tiene el derecho de castigar una joven esposa perversa y que esta, lejos de reprochárselo, le gustará y lo respetará con creces.
Al mismo tiempo resurgieron en ella sueños diurnos que habían desaparecido hacía más de 12 años. De adolescente en las fantasías diurnas era flagelada por mujeres, pero de adulta, pasaron a ser hombres. Tiempo después sus sueños diurnos cesaron y abandonó las cartas de flagelaciones.Se puso de novia y casó con un hombre que la doblaba en edad. Recién entonces comprendió que el matrimonio comportaba un acto físico, pero ignoraba la naturaleza de este. Nunca pensó que una joven esposa debería esperar algún placer del matrimonio. La noche de bodas el marido charló un poco y se dio vuelta en la cama y se durmió. Un tiempo después hubo un intento de coito, y a pesar de que ella se quedó quieta y tranquila el acto fracasó y el marido le reprochó su insensibilidad.
Casada, Florrie siguió interesada en sus actividades previas pero poco a poco perdió interés, hasta una recaída en lo que ella llamaba su "crisis del látigo". Volvió a tener sueños diurnos de flagelación. “Tengo tantas ganas que alguien me flagele cuando me pongo iracunda”.
Retomó la escritura de sus cartas sobre la flagelación. Ella, que había sido una abogada tan vigorosa de los derechos de la mujer, devino uno de los adversarios más hábiles del voto de las mujeres y afirmaba que las mujeres debían permanecer esclavas de los hombres. Una vez envió a un importante diario la descripción de un sueño diurno en la que una defensora del voto femenino era sorprendida violando la propiedad ajena, y fue capturada por otras mujeres que le castigaron las nalgas desnudas hasta que prometió no volver a empezar. “Su único deseo (con esta carta) era darse una sensación sexual agradable”.Así como había tenido la habilidad práctica con su erotismo urinario (15), el deseo de sentir la quemadura real de un latigazo le pareció una necesidad igualmente “natural”. Se acostaba sobre el vientre, las nalgas para arriba, imaginándose que la flagelaban. Empezó a realizar el acto con distintos elementos hasta que descubrió una fusta de dama, de cuero, con la que obtuvo dolores más vivos. Se aplicaba la flagelación en los desayunos. Esa fusta era exactamente igual a la que usaba el padre para flagelarla de chica.
Con esas prácticas intentaba, sin saberlo, producir el orgasmo sexual. Un día descubrió que el resultado de sus sueños diurnos y de la flagelación eran mojar la vulva de mucosa. Y así asoció el sueño diurno con la sexualidad. Llevando la mano sobre la vulva descubrió la masturbación.La autoflagelación no realizaba completamente sus sueños, en los cuales un partenaire tenía un rol importante.
Hizo insinuaciones a su marido para que tomara ese rol, pero este rechazo completamente ese rol.
En cierta ocasión entró en correspondencia con un hombre flagelante activo. Y acordaron un encuentro.
Ella no sentía ningún placer sexual en los genitales por lo que acordaron que solo habría flagelación. Pero aunque la castigó con una pequeña fusta (similar a la que usaba su padre), ella no dejó escapar ningún grito y no hizo más que reír nerviosamente a pesar de la intensidad de los dolores. “Necesitaba ese castigo y lo conseguí. Fue un alivio terrible. Gocé plenamente”. “Tenía tantas ganas de ello, estaba enferma de deseo, y lo obtuve”. “Fue una liberación terrorífica. Obtuve un placer divino” (16).
Luego de lo cual no tuvo reiteración de encuentros de este tipo.Ese franqueamiento de la interdicción que los fantasmas de flagelación representaban para ella guarda un sentido ambiguo que lo convierte, por un lado, en un “pasaje al acto”, y por otro lado, en un “acting-out” (al menos para nosotros que lo leemos), ya que no podría ocurrirle al neurótico algo que sea para él "el equivalente del goce perverso” (350). Y ese es el punto donde, según Lacan, las carencias absolutamente manifiestas de esta observación son más visibles.
Un año después de este episodio Florrie comenzó su análisis con Havelock Ellis. En esa instancia confiesa que una o dos veces introdujo en sus fantasias “una persona real”. "alguien que conozco, que amo, que respeto y que adoro en secreto" (17), situación ante la cual Havelock Ellis testimonia de su “cobardía”, confesando que "ella nunca me dijo y yo no le pregunté" de quien se trataba.La distancia de la función del fantasma al nivel del perverso, respecto de su función en el registro neurótico, es equivalente, para Lacan, a la distancia de la alcoba al baño: todo lo que sucede con el neurótico pasa esencialmente “en el baño o en la antecámara” (351).
Notas
(1) Jacques Lacan, Seminario XV "El acto analítico", "L'acte psychanalytique", Edition Seuil
(2) Jacques-Alain Miller, « 1, 2, 3, 4 », Editorial Paidós, página 114.
Disponible aquí la versión original en francés (los seminarios de Miller tienen la “particularidad” que no se editan en francés, solo en castellano).(3) Sigmund Freud, “La iniciación del tratamiento”, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Tomo XII, página 125
(4) Jacques Lacan, ”La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, Editorial Siglo XXI, página 560
(5) El "es si" ("c'est oui", pagina 408 de la edición Seuil) no figura en Staferla ni estenotipia, es un agregado de Miller
(6) Sigmund Freud, "Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina", Obras Completas, Editorial Amorrortu, Tomo XVIII
(7) Edgar Glover, "The therapeutic effect of inexact interpretation: a contribution to the theory of suggestion", International Journal of Psychoanalysis, XII, 4, 1931, pp. 399-411, traduccción al castellano de Enric Berenguer "El efecto terapéutico de la interpretación inexacta".
(8) "tua res agitur", la clásica referencia al libro I de las Epístolas de Horacio (el comienzo de la segunda de las veinte cartas dirigidas a su joven amigo Lolio).
Tua, es el pronombre posesivo femenino: tu. La palabra res tiene innumerables significados: cosa, hecho; ser, objeto; acontecimiento, circunstancia; acto; fondo de las cosas; bienes, fortuna; utilidad; relaciones entre personas; asunto, litigio; causa".
Agitur es la voz media del verbo ago o agito. El verbo latino agito que deriva de ago, significa empujar violentamente hacia adelante —tanto en sentido físico como moral—; poner en movimiento; agitar, perseguir, atormentar, remover sin cesar; vivir, pasar el tiempo, etc. De agito deriva el término cogito, (cum, agito), cogitatio, etc., y el agieren freudiano.
La frase latina "tua res agitur" indica un compromiso subjetivo en lo que sigue de la frase: "tu interés está en juego".
En las ediciones Seuil y Paidós la frase fue directamente traducida por Miller como "de la tienne", "de la tuya"(9) Sigmund Freud, “A propósito de un caso de neurosis obsesiva”, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Tomo X, página 136
(10) Dar un beneficio o incentivo, como una bonificación o subsidio, lo cual proviene del significado original de "prime" del latín “praemium”, recompensa”, “Importe pagado por un asegurado a un asegurador y cuyo importe depende del riesgo asegurado”
(11) Sizaret: «ac-captivation». Dorgueille: «captivation». Saterla: «art-captivation». JAM: “captivation”.
(12) Jacques Lacan, El Seminario, Libro XX “Aun”, Editorial Paidós, página 134
(13) Bertrand Russell, "Mysticism and Logic", "Misticismo y lógica"
"Las matemáticas puras consisten enteramente en afirmaciones en el sentido de que, si tal o cual proposición es verdadera de algo, entonces tal o cual otra proposición es verdadera de esa cosa. Es esencial no discutir si la primera proposición es realmente verdadera, y no mencionar qué es la cosa de la que se supone que es verdadera. [...] Así, las matemáticas pueden definirse como la materia en la que nunca sabemos de qué estamos hablando, ni si lo que estamos diciendo es verdad. Las personas que han estado desconcertadas por los comienzos de las matemáticas, espero, encontrarán consuelo en esta definición, y probablemente estarán de acuerdo en que es precisa."(14) Havelock Ellis, "Etudes de psychologie sexuelle", Tomo XIII: "Le mecanisme des déviations sexuelles. Histoire de Florrie. Le Narcisisme", "The history of Florrie and the mechanism of sexual deviation" in "Psychology of sex".
(15) El acto de orinar devino el equivalente y simulacro del acto sexual, una manifestación de autoerotismo y una urolagnia no transformada: “el sentimiento, aunque vago, de un espectador (macho) simpático le causaría goce y aumentaría la sensación”.
La explosión nerviosa que acompañaba la evacuación vesical era comparable a la detumescencia de los órganos sexuales y el placer sentido en cierto grado a un sucedáneo del orgasmo.
Su primera interpretación de la diferencia sexual, incluso "la gran diferencia", es que los hombres orinan parados y las mujeres en cuclilla.(16) Havelock Ellis, "Etudes de psychologie sexuelle", Tomo XIII: "Le mecanisme des déviations sexuelles. Histoire de Florrie. Le narcisisme", página 90
(17) Idem, página 116